Admitámoslo: El cincuenta por ciento del tiempo estamos mintiendo y el resto lo dedicamos a comer y dormir o beber (). Mentimos sobre por qué hemos llegado tarde al trabajo o a una cita, mentimos sobre el amor, mentimos en las relaciones de amistad y en todo lo que se relacione con un compromiso preestablecido. Cada vez que decimos la verdad es porque no nos queda más remedio o porque no ha pasado nada relevante.
A mí, por ejemplo, siempre me ha dado mucha flojera decir la verdad luego de haber hecho algo interesante:
—Llegué tarde al trabajo, Sr. Mister, porque ayer me metí una bomba que ni pa' que le cuento!
—Falté a tu cumpleaños porque me pareció más divertido quedarme en casa y ver como me crecían las uñas.
— Primo, no te estoy prestando atención porque siempre hablas de lo mismo y prefiero componer canciones mentales mientras hablas.
Es un error garrafal admirar a los que son capaces de decir la verdad a la cara del jefe, del novio o de los amigos. Pobrecitos los sinceros, digo yo, por su incapacidad de defenderse con imaginación, que no logran salvarse con arte y dejan mostrar su mezquindad cuando sería tan fácil decir:
—No sabe el tráfico que había, señor mister, hubo un accidente horrible de cientos de heridos...
—No fui a tu cumpleaños porque murió mi mamá y mi gato. Doble velorio, sorry.
—Es increíble lo que me estás contando, primo, te compadezco y te apoyo. Cuéntame mas.
La mentira, como puede apreciarse en estos ejemplos, no sólo nos hace sentir mejor a nosotros, sino que también provoca bienestar en nuestro interlocutor, quien acabaría destrozado si conociera la cruda realidad. Y ya se sabe: lo que beneficia a ambas partes es, siempre, un buen negocio.
Efectivamente, es mi creencia que cuanta más mentira haya en el mundo, mayor creatividad habrá desarrollado el hombre para el bienestar colectivo. Y poco a poquito irá desapareciendo del mapa esa cosa rara llamada «sinceridad», síntoma tristón de la enfermedad mental llamada «aburrimiento».
